domingo, 20 de septiembre de 2009

Queda Prohibido

Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarte un día sin saber que hacer,
tener miedo a tus recuerdos.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no convertir en realidad tus sueños.

Queda prohibido no demostrar tu amor,
hacer que alguien pague tus deudas y el mal humor.

Queda prohibido dejar a tus amigos,
no intentar comprender lo que vivieron juntos,
llamarles solo cuando los necesitas.

Queda prohibido no ser tú ante la gente,
fingir ante las personas que no te importan,
hacerte el gracioso con tal de que te recuerden,
olvidar a toda la gente que te quiere.

Queda prohibido no hacer las cosas por ti mismo,
tener miedo a la vida y a sus compromisos,
no vivir cada día como si fuera un ultimo suspiro.

Queda prohibido echar a alguien de menos sin
alegrarte, olvidar sus ojos, su risa,
todo porque sus caminos han dejado de abrazarse,
olvidar su pasado y pagarlo con su presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen mas que la tuya,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha.

Queda prohibido no crear tu historia,
no tener un momento para la gente que te necesita,
no comprender que lo que la vida te da, también te lo quita.

Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
no sentir que sin ti este mundo no sería igual.
                                                                                                              

...de Pablo Neruda.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Instrucciones para dar un abrazo

Cualquiera puede estrecharte entre sus brazos. No hay que ser muy listo, ni muy fuerte, ni muy sabio, ni muy nada. Alguien va, abre sus brazos de par en par y te envuelve de carne y hueso. Y qué. El pavo relleno hace lo mismo y conozco a poca gente ansiosa por meterse dentro.
Desde que encima hay desconocidos que los dan gratis por la calle, el valor del abrazo ha caído en picado. Y la verdad que no me extraña. Puede que algunos abrazos no cuesten dinero, pero lo que sí tienen en común todos los abrazos mal dados es que siempre, a la no tan larga, salen muy caros.
Quizá por eso ninguno de los intentos que he podido leer por ahí, tratando de descifrar la aparentemente sencilla liturgia del acto de abrazarse, me ha ayudado demasiado. Quizás por ello vaya a ser yo el próximo en naufragar.
El abrazo viene a ser a las relaciones humanas lo que el cargador al teléfono móvil. Mejor que nunca te lo dejes en casa, no sea que lo acabes suplicando a las 3 de la mañana ante cualquier recepción de hotel.
Para dar un abrazo en condiciones, en primer lugar, hay que haberlo extrañado mucho, hay que haberlo extrañado bien. Los que no tuvieron tiempo de despedirse saben perfectamente de lo que estoy hablando. Los que nunca se atrevieron a pedirlo, también.
Su siginificado es siempre el mismo, bajo cualquier circunstancia, en cualquier país, de cualquier lengua, credo o tradición, y parte de la segunda condición fundamental para dar uno como Dios manda. Necesitas lo que significa. Y significa, en esencia, que no estás solo.
A partir de aquí, los requisitos se van complicando. Y es que todo depende de tener algo muy fuerte en común. Algo que de pronto, y sin haberlo previsto, sintáis los dos con la misma intensidad. Se trata de un momento, de un solo instante. El tiempo justo para que ese algo tan real y tan verídico no pueda dibujarse con palabras.
No sé si me explico. Pero si eso ocurre, todo cambia. Desde ese momento, abrazarse ya es otra cosa. Estáis atrapando verdades. Una cacería de instantes. Un compresor de realidad. Enzarzarse en las ganas del otro y apretar hasta que se extingan.
Me fascinan los abrazos bien dados. Creo que resultan aún más memorables que cualquier palabra, gesto o relación. La única forma física conocidad que tiene el ser humano de parar el tiempo. El único punto y seguido entre todo lo que se puede llegar a sentir.
No sé muy bien por qué hoy me ha dado por hablar de esto. Supongo que porque creo que andamos muy faltos de abrazos reales. O quizás porque a más de uno, hoy le vendría muy bien.
El caso es que, lamentablemente, a los abrazos les pasa como a los besos, las caricias, los matrimonios o las patadas en los huevos.
Si no los consumas a tiempo, acaban todos caducando.

por Risto Mejide (artículo publicado en el periódico ADN)

jueves, 17 de septiembre de 2009

El Apego

El desapego no es una condición negativa, sino una condición vigilante, positiva, que nos libera de algo que impide en nosotros el contacto con el alma, ese algo es el miedo de la libertad. Tenemos apego cuando tenemos miedo de la libertad. Tenemos apego cuando perdemos el poder interior. Tenemos apego cuando nos volvemos dependientes de una persona, de un evento, de una circunstancia; inclusive de la religión como una muleta exterior, no como un punto de apoyo interior.

El apoyo nos hace perder el poder, porque nos hace perder el punto de apoyo interior y este es autonomía. La autonomía es la condición del alma, del contacto de la personalidad con el alma. Solamente cuando seamos autónomos, nos aceptemos, nos reconozcamos, tengamos autonomía interior y seamos nosotros mismos; entonces recién el alma podrá anclarse en nuestro vehículo.

Nosotros somos fundamentalmente el alma que utiliza la personalidad. Pero el alma es virtual, es potencial, es como un futuro incierto cuando nosotros no somos libres. El alma solo se puede asentar, en medio de la libertad.

El apego negativo lo llamamos rechazo o aversión. Estamos apegados a un sentimiento que volvemos resentimiento. Y el resentimiento como una forma de aversión es el peor de los apegos. El apego no solo es la dependencia de otro, el apego siempre es la dependencia de un sentimiento. Los apegos se dan en el campo emocional o en el campo astral; que es el campo de los sentimientos.

En ambos casos nos separamos; porque no hay peor separación, que la de la proximidad física, cuando no hay libertad. Puede que estemos muy juntos y muy cerca. Puede que nos besemos, puede que nos abracemos, puede que ocupemos el mismo techo, pero si la relación se basa en el apego, estamos profundamente separados en nuestra esencia. Mientras más cerca estén nuestros cuerpos y nuestras personalidades; si hay apego, más lejanas están nuestras almas.

Mientras más cerca estemos, más prisioneros somos el uno del otro, si la relación es de apego. Una relación es de apego si produce sufrimiento; no hay sufrimiento, sin apego. La condición del sufrimiento es el apego. Tú puedes irte o puedes quedarte; pero si yo sufro es porque estoy apegado y si estoy apegado a ti es porque estoy inseguro de mí, porque necesito un punto de apoyo exterior. Si estoy apegado a ti, es porque estoy inseguro de mí. Si yo estoy apegado a ti estoy violando tu libertad, si tú estas apegado a mí, entonces también estas violando mi libertad.

De tal manera que la mejor manera de unirse es paradójicamente liberarse. La mejor manera de encontrarse es desaparecerse. La mejor manera de no rechazarte es paradójicamente aceptarme a mí mismo. Así se pueden ver las paradojas que se dan en una relación que tiene como punto de partida la reflexión; yo me miro y me observo en un espejo, pero yo me miro y me observo en un espejo que eres tú. Aquellas cosas a las que yo me apego son esas inseguridades y vacíos interiores que tengo. De manera que te estoy utilizando en la relación como un instrumento para compensar mis carencias. La relación no es un instrumento para compensar carencias, sino es un instrumento de liberación.

Si yo te necesito a ti para llenar mis vacíos, pobre de ti y de mí, porque te voy a atrapar en la prisión de mi vacío. Si tú me necesitas solo para compensar tus vacíos en la relación, no me vas a dar más que tu carencia, tu sombra y tu pobreza. No me vas a regalar lo mejor de ti mismo que es tu riqueza y todas aquellas cosas que ya has afirmado, aquello que traes para regalarle al mundo desde tu propio corazón.

(Autor desconocido)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Evolución hacia la involución

Cada día que pasa vamos abriendo nuevos caminos en nuestras vidas y muchas veces no nos damos ni cuenta de ello. Y es que cada vez que pasamos por un nuevo umbral lo hacemos sin el mínimo atisbo del cambio que se está produciendo en nuestro interior. Muchas veces es imperceptible por la pequeña magnitud del mismo y hasta que no echamos un vistazo a atrás, no nos damos cuenta que esos pequeños "temblores" han podido sumar un punto en la "escala Richter" de nuestras vidas. Otras veces no queremos ser conscientes de ello y es nuestro propio subconsciente el que nos hace creer que seguimos siendo los mismos de aquella época en la que "cualquier tiempo pasado fue mejor".

Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto mirar atrás? ¿De qué tenemos miedo? Miedo de darnos cuenta quizá, de que el rumbo que hemos seguido no era el que habíamos elegido, de que estos años atrás habíamos perdido el control de nuestra vida, de que nos agarrábamos a los troncos que arrastraba el agua en vez de nadar hacia la orilla. O quizá miedo a darnos cuenta de que el Dani de ahora no se parece al Dani de ayer, ni remotamente. Y eso nos asusta. Nos asusta darnos cuenta de que somos otra persona. Pero más nos asusta el pensar que esa persona no nos llegue a gustar nunca.

Independientemente de nuestros miedos, más tarde o más temprano acabamos mirando atrás. Casi como cuando sales huyendo y no puedes evitar mirar a tu perseguidor en algún punto del recorrido. Sólo dos preguntas nos debemos hacer, ¿Cuándo? y ¿Qué? Las dos preguntas van ligadas la una a la otra: Qué es aquello que nos va a hacer mirar al pasado y cuándo lo haremos. "Aquello" puede ser cualquier cosa, lugar, persona  o sentimiento ajeno a nuestra vida actual que repentinamente se cruza en nuestro camino. Y aquí señores y señoras entra en funcionamiento el destino. Pues en algún momento de nuestra vida habrá algo o alguien que nos haga recordar lo que un día fuimos y compararlo con lo que somos. La clave está en seguir manteniendo  ese recuerdo, que muchas veces a penas dura un abrir y cerrar de ojos.

"¿Recordar el pasado? ¡Olvídate del pasado y vive el presente!..." Infinidad de veces he podido oir esa frase en infinidad de personas que son arrastradas por la corriente de la vida. Por supuesto que no hay que encasquillarse en el pasado, pero una vez que "aquello" te ha abierto los ojos, mantenlos abiertos. Porqué mientras los mantengas abiertos podrás tener el control de tu vida. Serás capaz de evolucionar hacia la involución, volver atrás y recuperar en tu vida aquellos sentimientos y aquellas cosas buenas que, hacía ya mucho tiempo, perdiste...